Arte y automóvil

«»El clandestino» (Un relato de Javier Garnica)

Las circunstancias en las que el mundo está inmerso actualmente hubieran sido muy difíciles de imaginar hace años. Pero, nadie nos impide imaginar hoy lo que puede llegar a ocurrir en el futuro.

     Ya se lo había parecido antes, pero ahora estaba seguro. La noche iba a ser perfecta para dar una vuelta. Arturo se quedó quieto un instante, en medio de la acera, y miró arriba y abajo de la calle vacía, mientras apuraba el cigarrillo. La urbanización estaba en calma. Los chalets se veían tranquilos, sólo una luz en alguna ventana delataba la presencia de algún vecino insomne, o de algún trasnochador.

     Afinó el oído, y le pareció oír un ligero gruñido. Bah, algún perro callejero, pensó. Nada que pudiera apartarle de sus planes. Así que dio la última calada y aplastó la colilla en el suelo. Giró hacia la puerta de la cochera y aproximó la llave a la cerradura del portón.
     En ese momento notó la palmada en el hombro, al mismo tiempo que oía un grito, acompañado de un ladrido. El susto fue mayúsculo. Se volvió, horrorizado, y se dio de frente con el rostro de su vecino de la casa contigua. En un segundo se dio cuenta de que el sobresalto había sido exagerado. Tan solo era aquel pelmazo, el rey de la inoportunidad, tan aficionado a los sustos y a las bromas fuera de lugar. El perro, más simpático que su amo, ladró un par de veces más, y movió la cola alegremente.
     – ¡Te pillé, cabronazo! Qué, ¿echando un cigarrito a escondidas, eh, vicioso?
     – ¡Cago en tu tía, Manolo! ¿Tú te crees que está bien asustar a la gente de esta manera? Y además, ¿dónde coños te habías escondido?
     El vecino miró a ambos lados de la calle, como había hecho él mismo un minuto antes, y puso cara de complicidad.
     – Calla, tonto, que yo también echo alguno cuando puedo, sobre todo este rato que empleo, oficialmente, en sacar al perro.
     Y con aire de complicidad enseñó el contenido del bolsillo de su pantalón, y Arturo pudo vislumbrar en su fondo un paquete que podía ser de cigarrillos, porque ya era imposible saberlo con seguridad, desde que el tabaco era un producto clandestino, que se vendía sin marca.
     – Y para que lo sepas, estaba escondido detrás del seto de tu propio jardín.
     El vecino pareció darse por satisfecho. Ya había gastado su broma pesada del día.
     – Venga, campeón, te dejo, que éste (señalando al perro), ya ha hecho sus cosas. Además, veo que bajas a la cochera a coger algo, y no te quiero interrumpir.
     Arturo se calló lo que pensaba, pero disimuló, y contestó con falsa amabilidad.
     – Venga, majo, otro día nos vemos con más calma.
     Se saludaron, y Arturo se iba a volver de nuevo hacia la puerta de la cochera, cuando el vecino requirió otra vez su atención, señalando al cielo. En silencio, como siempre, se vio brillar, a unos cuarenta metros de altura, el piloto intermitente de una scooter iónica de la policía nocturna.
     – Ahí están esos cabrones. Andarán buscando algo.
     Arturo se encogió de hombros, haciéndose el tonto.
     – A lo mejor…
     Y se dio la vuelta, una vez más, hacia la puerta de la cochera. Cuando, unos segundos más tarde, levantó el portón, se detuvo de nuevo, tomando todas las precauciones. Al mirar hacia fuera, vio al vecino llegando ya al final de la calle, a punto de doblar la esquina. En el cielo, la scooter iónica de la policía se alejaba, ya casi fuera de la urbanización. En un plano más bajo que el que utilizaban normalmente la policía y los servicios de urgencia, sobre los treinta metros de altura, el coche de algún muchachito juerguista pasó con la radio muy alta.
     Había llegado el momento. Arturo se dirigió hacia el fondo del garaje, sin mirar siquiera a su propio coche iónico, que descansaba sobre su balsa de goma. En la pared del fondo, había un botellero de unos dos metros de alto, con unas pocas botellas polvorientas. Arturo se detuvo ante él, y estirando el brazo, asió el mueble por un lado, tirando con fuerza.
     El botellero giró como una puerta, gracias a las bisagras que le sujetaban a la pared. Detrás, apareció un hueco, suficiente para dejar paso a una persona. Arturo entró y cerró con cuidado, ajustando de nuevo todo el conjunto en su sitio. Después, tanteó en la oscuridad buscando el interruptor, y cuando consiguió encender la luz, se dio la vuelta.
     Allí estaba la niña de sus ojos. En el pequeño garaje secreto, el SEAT 124 Sport Coupé 1.600, primera serie, de 1.971, descansaba como una fiera dormida. Estaba algo polvoriento, pero el miedo a ser visto por la policía, o por algún vecino chivato, obligaba a no exponerse lavando el coche en el exterior. Se acercó a la parte trasera y comprobó que el silencioso especial estaba en su sitio. Aquel cacharro, de fabricación casera era horroroso y estropeaba toda la estética de la zaga, pero era imposible tener un coche de combustible clandestino, a base de petróleo, sin el supersilencioso. Desde que lo inventó un conductor fuera de la ley, se vendía en el mercado negro a precios más altos que la droga más dura. Cuando terminó la somera inspección visual que hacia siempre antes de una salida, Arturo se dirigió a la parte delantera y se sentó al volante.

     Puso el contacto y echó un vistazo al indicador del combustible. Un poco menos de un cuarto, suficiente para unos cuantos paseos nocturnos. Cada vez era más difícil encontrar gasolina. Por supuesto, importante tratar solo con gente de confianza. La cita para comprar el sagrado líquido podía convertirse en una trampa de la policía, o podías ser víctima de un atraco. Después, sacó la mano por la ventanilla del coche, encendió el ordenador portátil que había fijado a la pared del garaje y accionó el programa de videovigilancia.
     Las cámaras exteriores le mostraron una calle totalmente despejada. Ahora o nunca, pensó. Comprobó que la palanca del suelo que desviaba los gases al supersilencioso estaba en la posición correcta, y puso el motor en marcha.
     Apenas se oyó nada. La salida del escape estaba conectada a una manguera que comunicaba con la chimenea de la casa. Así se podía calentar el motor sin riesgo de morir asfixiado por los gases. Arturo encendió otro cigarrillo y esperó a que el termómetro del cuadro indicara una temperatura por lo menos aceptable, sin descuidar mientras tanto las cámaras. Cuando creyó llegado el momento, apagó el cigarrillo, abrió la guantera y sacó un mando a distancia. Al accionarlo, la pared situada detrás del coche empezó a levantarse, y el aire fresco de la noche entró en el garaje. Mientras tanto, Arturo salió del coche y desconectó la manguera del escape. Después, echó un último vistazo a la calle, a un lado y a otro, y se sentó al volante. Puso la marcha atrás y en seguida se encontró en medio de la calle. Recorrió toda la avenida despacio, procurando no perder tiempo, pero también evitando subir mucho de vueltas, cosa que tampoco era muy fácil con aquel silencioso brutal ahogando el motor. Ese minuto escaso que tardaba en recorrer la calle, atravesar el descampado y llegar a la arboleda se le hacia eterno, y el corazón se le salía del pecho. Le parecía que sus latidos se oían más fuerte que la succión de los dos Weber verticales.
     Pero, como todo llega, por fin entró en el bosquecillo, y, con impaciencia, echó la mano hacia atrás y cambió de posición la palanca del silencioso. Se empezó a oír un gruñido, bronco pero suave, y empezó a acelerar con más decisión. Los más de cien caballos del motor lanzaron el coche hacia adelante por la estrecha carretera asfaltada, rugiendo como lobos entre los árboles.


     Florencio, el policía, miró el reloj del GPS de su scooter iónica, a cuarenta metros sobre el suelo. Solo tres minutos para el cambio de turno. Estaba deseando irse a casa. Solo faltaba que en ese momento ocurriera cualquier cosa que estropease la salida del trabajo. Y pasó.
     – K12, aquí K21. ¿Me copias?
     Florencio renegó en su interior, pero contestó con normalidad a su compañero, que estaba aproximadamente a dos kilómetros de él.
     – Te oigo, K21. Dime.
     – Oye, Florencio, estoy oyendo algo que puede ser un motor de gasolina. Suena como si estuviera por la urbanización donde tú vives.
     – Tendremos que ir a echar un vistazo.
     – Ve tú, Florencio, yo no me puedo mover hasta el cambio de turno. Estoy vigilando un punto sospechoso. Parece ser que en una casa de por aquí hay trapicheo de neumáticos.
     Florencio dio la vuelta y se dirigió a la urbanización, mientras contestaba al compañero.
     – O.K., K21, ahora te digo algo.


     Arturo ya estaba volviendo hacia la urbanización, y la trasera del 124 barría el camino en cada curva, haciéndole disfrutar con los contravolantes. Encaró el descampado, y disminuyó la velocidad.

     Cuando iba a actuar sobre la palanca para cambiar la posición del escape, vio el foco de la scooter. Flotaba a baja altura, a no más de veinte metros, y desde donde estaba le tenía que estar viendo perfectamente, y por supuesto, oyéndole. Pero, algo raro ocurría, el policía no parecía darse cuenta de su presencia. El foco se movía sin decisión, como vacilante. Arturo accionó la palanca, y el ruido del motor desapareció. El 124 se deslizó despacio hacia la calle central de la urbanización. Ya no era un purasangre rugiente, ahora era un cervatillo que no quería ser devorado.

     Arturo bajó el cristal de la ventanilla y miró hacia atrás. La moto iónica seguía en el mismo sitio, con su piloto azul y su foco sin rumbo. Accionó el mando a distancia para abrir la pared del garaje, y, en el último momento, comprobó la posición del policía. Ya, ni siquiera se le veía. Con una mezcla entre terror, alivio y desconcierto, entró de frente en la cochera y bajó en seguida la pared automática.



     Florencio, el policía, apretó el mando de la radio.
     –  K21, ¿me oyes?
     – Te oigo, K12 ¿Qué hubo por ahí?
     – Sin novedad, podemos irnos a dormir. Eran unos troncos mal apilados en el bosquecillo. Se soltaron y cayeron por la ladera, metiendo algo de ruido.
     – Perfecto, Florencio. Nos vamos a dormir. Ya veo por ahí a los del turno siguiente. Hasta mañana.
     – Hasta mañana, K21. Que descanses.
     Florencio esperó dos segundos y volvió a hablar.
     – Base, ¿me oyes? K12 deja el servicio.
     Se oyó en el auricular la voz de la chica del turno de noche.
     – Que descanse, K12. Además, veo por el GPS que está al lado de casa.
     Y así era. Volando muy raso, Florencio se acercó a la urbanización, buscando su casa en una calle no muy alejada de la de Arturo, cerca del borde del grupo de chalets.


     Arturo apagó el motor y salió corriendo del coche, dirigiéndose a la parte trasera. Abrió el maletero y sacó la recortada del 12 que tenía atada a un costado, con unos pulpos. Sin detenerse un instante, salió a la calle y se escondió entre los setos de los jardines, procurando ver algo.
     Y lo vio. En ese mismo momento, Florencio se posaba suavemente con la scooter delante de su cochera, y entonces Arturo le reconoció. Era el ocupante del chalet situado dos calles más allá. Claro, él ya sabía que su vecino era policía. Pero, ¿por qué no le había visto? Comprobó que la recortada estaba cargada y se acercó sigilosamente a la casa de Florencio, como un ladrón. Cuando llegó, el portón ya estaba cerrado, pero había una pequeña puerta entreabierta. Arturo se fue acercando, fascinado por la curiosidad, y a medida que lo hacia, notó que se oía una música muy alta. Afinó el oído, y reconoció la melodía. Era “Surfing U.S.A.”, de los Beach Boys.
     La curiosidad superaba ya al espíritu de supervivencia. Asomó la cabeza por la pequeña puerta lateral de la cochera y atisbó en el interior. La moto iónica de servicio estaba ya descansando sobre su colchón, así como un coche pequeño, también iónico, de los que circulan a no más de treinta metros del suelo. Este debía ser el vehículo particular de Florencio. Pero había otra cosa en el garaje más interesante.
     En una esquina se podía ver un frigorífico viejo, de dos cuerpos. No ajustaba bien al muro, y detrás, entre la pared y el aparato, se veía una línea de luz muy delgada. Arturo se acordó en ese momento de su botellero. Se acercó al frigorífico, tiró de él y ocurrió lo que esperaba.
     La cochera secreta era muy similar a la suya. La música del “Surfing U.S.A.” sonaba a toda pastilla. Salía de una radio de dos potenciómetros, con casete. La radio estaba instalada en el salpicadero de un Ford Mustang Fast Back del 68, el mismo modelo que conducía Steve McQueen en la película “Bullit”. El asiento del conductor estaba vacío, pero en el del copiloto, recostado sobre el respaldo, estaba sentado Florencio, el policía K12, con los pies encima del salpicadero y las manos detrás de la nuca.
     Arturo se quedó boquiabierto, con la recortada en la mano, mirando hacia el Mustang. Pero el policía no le estaba viendo. Florencio, transportado por la música de los Beach Boys, estaba soñando con la soleada California.      

    

De “El blog de Javier Garnica”.

http://javigar.blogspot.com/

                     

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