Cuando apareció la imprenta faltó tiempo para que se alzaran, denunciantes, los dedos señaladores de los guardianes de la moral ortodoxa, que veían en aquel invento la mano del maligno. Afortunadamente, enseguida apareció un español, el Cardenal Cisneros, que ordenó imprimir la Biblia Políglota y Complutense. Así se acallaron las voces escandalizadas, demostrando así que las nuevas tecnologías no solo sirven para realizar maldades. Es más, la información no solo viaja por las redes para solucionar complejas situaciones técnicas, o para trasladar de un lado a otro los millones de documentos que todos generamos, a veces voluntariamente, y a veces sin siquiera saberlo. También nos da a conocer cosas que, de otro modo, hubiera sido muy difícil que las hubiéramos conocido.
El mecanismo, lo conocéis de sobra. Desde la ventana en que se ha convertido la pantalla de nuestro dispositivo, a veces con un objetivo claro, y a veces sin rumbo prefijado, navegamos esperando que aparezca algo relacionado con las aficiones que siempre nos han apasionado. Y, del mismo modo que el buscador de coches clásicos, un día cualquiera, y sin mucha fe, da un empujón a la puerta desvencijada de una vieja nave medio en ruinas, y encuentra el coche de su vida cuando menos los esperaba, el buscador de información puede encontrar en las páginas de internet lo más inesperado, lo que nunca hubiera imaginado.
Así descubrí yo mismo, y todos cuanto pudieron leerlo, el destino singular que tuvo un coche verdaderamente excepcional. Es el relato de un hecho ocurrido en el Madrid de los años 50, cuando Ava Gardner podía ser vista en el bar de Perico Chicote, en plena Gran Vía, y las calles de Serrano, Velázquez y sus aledaños, servían de lugar de exhibición a los afortunados que podían lucir sus coches. En aquellos años en los que la automoción nacional despertaba, en una capital de provincia apenas se podían ver cuatro coches, muchos de ellos supervivientes de la guerra recientemente finalizada. Sin embargo, en Madrid, en Barcelona, y en cuatro ciudades importantes más, se podían ver coches… muy diferentes. Pocos, pero dignos de una película de Hollywood. Coches que, en aquel escenario casi vacío, lucían con más brillo que si hubieran aparecido en las atestadas calles actuales.
Esta historia la relataba, hace poco, un nieto de uno de los protagonistas. Concretamente, un nieto de Alberto Fernández, el constructor leonés que realizó varias obras importantes en Madrid. Alberto Fernández fue un hombre singular, hecho a sí mismo, y puedo constatar que muchos de los que trabajaron bajo su dirección conservan de él un buen recuerdo. Además, era uno de los nuestros, un aficionado a los buenos coches. Años más tarde, era frecuente ver, aparcado junto a la valla de alguna de alguna de las muchas obras que emprendió, su Citröen DS, guardado por Julianín, su chofer. En Madrid, en una de esas obras, concretamente en la construcción del Hotel Wellington, tuvo lugar el hecho que su nieto nos ha relatado, digno de la imaginación de Stephen King.
Ni la mente más creativa hubiera podido concebir una historia así. Alberto Rabadán Fernández, el nieto de nuestro protagonista, contaba en sus redes sociales esta historia, y al leer esas líneas, se traslucía el sentimiento que aquel suceso causaba en su memoria. Por eso, creo que la opción más honrada para trasladar estos hechos a los amantes de los buenos coches y seguidores de estas páginas, es transcribir letra por letra el relato de Alberto, el nieto, tal como lo publicó en sus redes. Además, Alberto Rabadán tuvo el acierto de iniciar el relato describiendo con detalle el escenario y las circunstancias de la época:
“En el año 1948, después de haber terminado e inaugurado la Plaza de Toros de León, Don Alberto, ante la grave situación generada por falta de pago de 900.000 pesetas, por parte del Alcalde de León, tomó la decisión de irse a trabajar a Madrid. Hizo cinco edificios en la capital, en las calles Lagasca, Diego de León, Conde de Peñalver, Príncipe de Vergara y José Abascal. Primero como Contratista-Constructor, y en Lagasca, más tarde, como Constructor-Promotor y Proyectista.
Tuvo en esta etapa dos grandes obras de alto nivel y trascendencia social. El Teatro Capitol en la Gran Vía (plaza Callao). Y el gran Hotel Wellington.
Desde su piso de Lagasca, no muy lejos de allí, se encarga de ese segundo proyecto. Un empresario leonés que había tenido éxito en el sector del transporte y la ganadería de reses bravas, Don Baltasar Iban Valdés, le contrata para la realización como constructor de un hotel de lujo en la calle Velázquez número 8, junto al Real Parque del Retiro de Madrid.
Era una ubicación especial, al que se podía llegar al mismo por un bulevar anchísimo que ya no existe, dando continuidad al parque del Retiro hacia el interior de una nueva zona que se estaba desarrollando. El Barrio de Salamanca, una zona de nueva disposición alejada del centro de Madrid. En 1944, el ganadero y empresario leonés, encarga al arquitecto Don Luis Blanco Soler el proyecto de un hotel de lujo en un momento económicamente complicado.
Las obras ocupaban un solar menor que el edificio que hoy se conoce. Hubo una gran ampliación en 1976, añadiendo el espacio del edificio conocido como el Torreón, que ocupó hasta 1936 Ramón Gómez de la Serna, en el número 6 de la calle Velázquez.

Las obras transcurren hasta 1952, cuando se abre al público la primera fase de lo que hoy se conoce. Mi abuelo Alberto se ocupó del total de la obra incluidos todos los oficios como los muebles de madera, sillería, puertas, armarios, ventanas y otros accesorios realizados en sus instalaciones de León, junto a la Tejera de Los Rejales, así como la fragua para cerrajería y forja. Realizando en dichas carpinterías mobiliarios y accesorios necesarios para las zonas comunes y habitaciones del hotel. Grandes cantidades, que se transportaban a Madrid ya terminadas y rematadas en los camiones del ganadero Baltasar Ibán.
Antes de haber realizado los derribos del edificio que ocupaba el solar del hotel, existía un Palacete de una Marquesa que había enviudado y que por vicisitudes de la vida se vio obligada a vender. Su gran Chalet y finca tenía varias edificaciones contiguas al mismo, como complemento del conjunto. Uno de ellos era la casa del servicio y otro un garaje.”
Y es aquí cuando se produce el gran hallazgo. Yo, en mi imaginación, creo ver a los obreros que estaban realizando el derribo previo a la obra del hotel, descubriendo en los sótanos de los viejos edificios una joya sobre ruedas. ¡Nada menos que un Rolls Royce Phantom I! Imagino la sorpresa de aquellos hombres, y su urgencia para comunicar el hallazgo a su patrón.
Continúa así el relato del nieto de Alberto Fernández: “Un coche según él, impresionante, un coche negro, larguísimo y con aspecto de carruaje de caballos; ya de aquella era un coche antiguo, un clásico traído de Inglaterra por el fallecido marqués, con volante a la derecha, y separación de cabina con el habitáculo principal.
La parte del conductor estaba descubierta, pudiendo ver desde el exterior los acabados en cuero marrón y maderas de raíz lacadas.
El coche tenía la parte trasera cerrada, carrozada, con mullidos y enormes asientos y opcionalmente asientos supletorios. Con una distancia interior que permitía que se pudiera acomodar en el suelo una persona estirada. Era una limusina con enormes focos, y considerable altura y envergadura. Según mi abuelo se entraba al coche de pie sin tener que agacharse, y tenía accesorios como armarios de madera y los asientos supletorios para niños o sirvientes plegados en el suelo de moqueta de lana. Y, por supuesto, el radiador enorme, típico de Rolls Royce. Era el modelo Phantom I, el coche del marqués que había usado en vida años atrás, y orgullo de su éxito y posición.
Fue un flechazo y Don Alberto se encapricho. Lo quería, se le había antojado.
Habló con la propietaria, que había tenido que desprenderse de la casa donde había criado a sus hijos. Por dificultades económicas, la viuda estaba en la propiedad preparando y recogiendo sus pertenencias para abandonar la casa familiar. Mi abuelo le preguntó por el precio, y la mujer le explicó que a pesar de su situación complicada el coche era lo que más le gustaba a su marido, y cómo había sido su bien privado más querido”.
Lo que sigue, es, para mí, lo más impactante:
“La mujer rechazó las distintas cantidades y también se negaba a ver a nadie con el coche de su marido, como si fuera una deshonra a su memoria. No solo se negó a su venta, sino que, desconfiando de las intenciones de mi abuelo, le obligó a que enterrase allí mismo el coche. Alegaba que al menos eso quedaría allí, y que, si su marido no podía conducirlo, no lo haría nadie más nunca.
La marquesa no cedió, y quiso asistir, para verlo con sus propios ojos, como mi abuelo, sin otra opción, abría un hueco cajeado en los cimientos, y como enterraba en hormigón, por completo, el coche ante la presencia de su última y orgullosa propietaria.
Según mi abuelo Alberto Fernández Álvarez, nunca se le olvidará la sensación de ver cómo se inundaba el lujoso coche, y el interior de cuero se llenaba de cemento, agua y gravas, hasta perderlo de vista para siempre, enterrado en mortero fresco y fluido para dar gusto a la Marquesa. Y sin poder dar una nueva vida al vehículo”.
Y esta es la Historia del Rolls Royce Phantom I que fue enterrado, como un faraón egipcio en su sarcófago, en el hormigón de los sótanos del Hotel Wellington, el Hotel de la calle Velázquez, más tarde conocido como el hotel de los toreros, debido a la preferencia que los profesionales taurinos le dieron. Desconozco si el coche, esa joya de la Historia del Automóvil, sigue descansando en su tumba de cemento, o ha sido extraído en obras posteriores. Prefiero pensar que sigue allí, y prometo visitar, en cuanto tenga ocasión, la cafetería del Wellington, y mientras tomo cualquier cosa a la salud de Alberto Fernández, fantasear con la presencia de todo un Rolls Royce Phantom I bajo mis pies, en el subsuelo del Hotel de Los Toreros.
Nota: La fotografía que ilustra el artículo, corresponde a un Rolls Royce Phantom I de la misma época y con una carroceria semejante a la del modelo protagonista de nuestra historia